(Atención: por diversas razones que explicaré más adelante voy a cambiar el orden en que venía haciendo las cosas. Ya me conocéis, además de genial artista, improvisador que es uno: Por un lado, de inicio podéis escuchar la canción estrella de la segunda parte de mi trilogía. Misery & Pain de Los Brincos. Sí, los de borracho, sorbito, etc. Y ya veis, los Juan, Junior y compañía sacaron un memorable disco de Rock Progresivo. A ver si ya comenzamos a creérnoslo, que por aquí se hacen cosas muy pero que muy buenas.
Sigamos. Además del tema musical, aviso: El cierre de la trilogía va a ser larguismo del to. Tenía dos opciones, o aumentar el tamaño del texto, o vivir toda una vida a lo George Lucas, es decir, del Sueño de una Galaxia de Verano. Por supuesto, he decidido hacer las dos cosas).
Comencemos.
Nos quedamos en el meollo de la primera. Ahí lo dejaremos. Como ya dije, mejor así. Por tanto puedo imaginarme qué estáis pensando en este preciso instante: Este cabrón nos ha dejado con la miel en los labios y ahora nos va a desvelar la trama de la segunda y tercera parte, con lo que nos va a chafar la historia, y por lo tanto, ya ni querremos ver la peli... ¡¡¡Cuán equivocados estáis, almas de cántaro!!! Resulta que un servidor, enamorado de la moda juvenil, me he autoapuntado al movimiento nocillero, tan en boga hoy en día como lo fue la revolución introducida por Johannes Baptisterius en el canto gregoriano allá por el siglo XII de nuestra era... ¿no sabéis quién fue? Yo tampoco. Y el hecho de imaginarlo me resulta tan neorrealista como hablar de la nariz de la Esteban o de si Pedro Páramo (wikipedia) es una novela fragmentaria... En fin, Cervantes será leído en cada siglo bajo una óptica diferente, ¡¡¡y yo he venido a vender mis libros!!!
Por eso, y volviendo de nuevo al argumento, por mucho que os explique por encima (o no) qué sucede en cada historia, es necesario leer, y aún diría más, ver las películas, para comprender la magnitud que toma en sí el negro sobre blanco y la posterior digitalización en imágenes de tamaña obra que calificaría de cinemascopiana.
El título. Sé que lo estáis pensando. El título. ¿Cuál será el título? Pues como avancé en el capítulo anterior, un gran dueño de la tecla para mover a las masas me dio la pista. ¿Que de quién hablo?
Yo creo que os podéis imaginar el título del segundo volumen. Ahí va:
Sigamos. Además del tema musical, aviso: El cierre de la trilogía va a ser larguismo del to. Tenía dos opciones, o aumentar el tamaño del texto, o vivir toda una vida a lo George Lucas, es decir, del Sueño de una Galaxia de Verano. Por supuesto, he decidido hacer las dos cosas).
Comencemos.
Nos quedamos en el meollo de la primera. Ahí lo dejaremos. Como ya dije, mejor así. Por tanto puedo imaginarme qué estáis pensando en este preciso instante: Este cabrón nos ha dejado con la miel en los labios y ahora nos va a desvelar la trama de la segunda y tercera parte, con lo que nos va a chafar la historia, y por lo tanto, ya ni querremos ver la peli... ¡¡¡Cuán equivocados estáis, almas de cántaro!!! Resulta que un servidor, enamorado de la moda juvenil, me he autoapuntado al movimiento nocillero, tan en boga hoy en día como lo fue la revolución introducida por Johannes Baptisterius en el canto gregoriano allá por el siglo XII de nuestra era... ¿no sabéis quién fue? Yo tampoco. Y el hecho de imaginarlo me resulta tan neorrealista como hablar de la nariz de la Esteban o de si Pedro Páramo (wikipedia) es una novela fragmentaria... En fin, Cervantes será leído en cada siglo bajo una óptica diferente, ¡¡¡y yo he venido a vender mis libros!!!
Por eso, y volviendo de nuevo al argumento, por mucho que os explique por encima (o no) qué sucede en cada historia, es necesario leer, y aún diría más, ver las películas, para comprender la magnitud que toma en sí el negro sobre blanco y la posterior digitalización en imágenes de tamaña obra que calificaría de cinemascopiana.
El título. Sé que lo estáis pensando. El título. ¿Cuál será el título? Pues como avancé en el capítulo anterior, un gran dueño de la tecla para mover a las masas me dio la pista. ¿Que de quién hablo?
Yo creo que os podéis imaginar el título del segundo volumen. Ahí va:
Los que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina.
Espectacular. Lo dicho. No quepo en mí.
Si bien antes de seguir, quisiera contextualizar lo que va a ser tanto el devenir como el entorno de esta segunda parte.
Como podéis adivinar por la cabecera y por la canción seleccionada como banda sonora, esta parte va a ser un poco más oscura, a lo Christopher Nolan y su aún más si cabe tenebrosa secuela de Batman. A ver, soy consciente de que El hombre que no ama a las mujeres será un éxito rotundo de ventas, por lo que en su continuación romperé ese molde de segundas partes nunca fueron buenas (bueno, menos esta, y la ya citada, y esta, y... y... y... por supuesto, ESTA).
Además, voy a hacer algo más que a presentar una historia general para un público general. Voy a llegar al punto de no retorno donde otros grandes del género me han dejado el testigo. Voy a... (joder, estoy comenzando a ver demasiados discursos electoralistas de esos que se hacen llamar políticos... bueno, y también de Josep Anglada): ¡¡¡Me la voy a jugar!!! ¡¡¡Voy a introducir conceptos de autor!!! ¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Soy el más grande!!!
Me explico: Al mismo tiempo que hay una historia más general (como los antibióticos que siempre se utilizan en House, es decir, de amplio espectro), sibilinamente voy presentando pequeñas grandes cuestiones de finísimo calado en los personajes que salpicarán mi segundo drama, que, como podéis imaginar, tendrá un carácter más coral. ¿A que mola que te orinas? Lo sé. No os preocupéis si hay ansiedad por saber más, que os voy a dar más datos.
El caso es que mi cabeza ahora mismo es muy semejante a esto, si bien antes de la explosión, era consciente de que necesitaba una acción para tamaña reacción, una acción (y por si no nos habíamos enterado) para tamaña reacción, una acción para tamaña reacción. Pero no. Ya sé que todos estos ejemplos son tan actuales como Libertad Digital. Por no hablar de la religión ytumasiánica, tan al orden del día que un debate en el hemiciclo sólo nos parece normal si sucede algo así.
Supongo que sería por esto que no encontraba agua para saciar mi sed. Vamos, que no sentía la chispa. Necesitaba referencias, grandes obras de arte. Y, por supuesto, entre las letras encontré el motivo, la descarga necesaria para iluminar la hasta ahora lóbrega aldea donde mi historia se encontraba.
El suceso del que os hablo vendrá tras una pequeña introducción (cómo me gusta crear suspense. Estos giros de guión no los consigue ni el Abrams en Perdidos).
Al tema. Para que os hagáis una idea. Los que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina está pensada para que unas quinientas o seiscientas páginas puedan englobar toda la obra. Sé que lo estábais deseando. Un libraco enorme para estar en vilo, completamente adictos a mis palabras. Es algo natural que no voy a descubrir. Es normal que lo sintáis. Aunque tengo que ser sincero a la hora de decir que la longitud del libro es simplemente para contrarrestar la acción de la mecha. ¿Que a qué me refiero? Cuando terminéis de ver el próximo vídeo lo comprenderéis:
Exacto. Sobre sus letras yacen las mías. Bueno, para ser más concreto, debajo de las suyas. No va a ser mi intención discutirle a todo un sillón de la Real Academia de la Lengua Española, y menos si es mayúscula. Además, con remitirles a un artículo (misma noticia, distinto diario) bastará para decir que desde que Pepe Rubianes ya no está, el taco está como perdido, sin rumbo. Cualquiera es capaz de usarlo (no tienen más que leer mis textos para refrendarlo) pero son muy pocos los que verdaderamente logran darle el justo valor enfático a palabras tan bellas como cabrón, hijo de la gran puta, la hostia divina y me cago en sandiós, por poner algunos ejemplos.
Por lo demás, lo confieso: Soy inculto. Pero... ¿qué es la cultura?
¡Que conste que os avisé! Esta parte iba a ser mucho más oscura que la primera. Aunque claro, también tiene una función esencial muy clara. Al acabar el libro o salir del cine, muchos de vosotros os preguntaréis ¿qué coño ha querido decir este muchacho con toda esta sarta de tontás? Buena pregunta, por supuesto. Aunque antes de continuar, creo obligado adelantar el título del último y definitivo tomo, del nombre con el que se concluirá la saga Delirium, con el que se cerrará el círculo. Este será:
Si bien antes de seguir, quisiera contextualizar lo que va a ser tanto el devenir como el entorno de esta segunda parte.
Como podéis adivinar por la cabecera y por la canción seleccionada como banda sonora, esta parte va a ser un poco más oscura, a lo Christopher Nolan y su aún más si cabe tenebrosa secuela de Batman. A ver, soy consciente de que El hombre que no ama a las mujeres será un éxito rotundo de ventas, por lo que en su continuación romperé ese molde de segundas partes nunca fueron buenas (bueno, menos esta, y la ya citada, y esta, y... y... y... por supuesto, ESTA).
Además, voy a hacer algo más que a presentar una historia general para un público general. Voy a llegar al punto de no retorno donde otros grandes del género me han dejado el testigo. Voy a... (joder, estoy comenzando a ver demasiados discursos electoralistas de esos que se hacen llamar políticos... bueno, y también de Josep Anglada): ¡¡¡Me la voy a jugar!!! ¡¡¡Voy a introducir conceptos de autor!!! ¡¡¡Sí!!! ¡¡¡Soy el más grande!!!
Me explico: Al mismo tiempo que hay una historia más general (como los antibióticos que siempre se utilizan en House, es decir, de amplio espectro), sibilinamente voy presentando pequeñas grandes cuestiones de finísimo calado en los personajes que salpicarán mi segundo drama, que, como podéis imaginar, tendrá un carácter más coral. ¿A que mola que te orinas? Lo sé. No os preocupéis si hay ansiedad por saber más, que os voy a dar más datos.
El caso es que mi cabeza ahora mismo es muy semejante a esto, si bien antes de la explosión, era consciente de que necesitaba una acción para tamaña reacción, una acción (y por si no nos habíamos enterado) para tamaña reacción, una acción para tamaña reacción. Pero no. Ya sé que todos estos ejemplos son tan actuales como Libertad Digital. Por no hablar de la religión ytumasiánica, tan al orden del día que un debate en el hemiciclo sólo nos parece normal si sucede algo así.
Supongo que sería por esto que no encontraba agua para saciar mi sed. Vamos, que no sentía la chispa. Necesitaba referencias, grandes obras de arte. Y, por supuesto, entre las letras encontré el motivo, la descarga necesaria para iluminar la hasta ahora lóbrega aldea donde mi historia se encontraba.
El suceso del que os hablo vendrá tras una pequeña introducción (cómo me gusta crear suspense. Estos giros de guión no los consigue ni el Abrams en Perdidos).
Al tema. Para que os hagáis una idea. Los que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina está pensada para que unas quinientas o seiscientas páginas puedan englobar toda la obra. Sé que lo estábais deseando. Un libraco enorme para estar en vilo, completamente adictos a mis palabras. Es algo natural que no voy a descubrir. Es normal que lo sintáis. Aunque tengo que ser sincero a la hora de decir que la longitud del libro es simplemente para contrarrestar la acción de la mecha. ¿Que a qué me refiero? Cuando terminéis de ver el próximo vídeo lo comprenderéis:
Exacto. Sobre sus letras yacen las mías. Bueno, para ser más concreto, debajo de las suyas. No va a ser mi intención discutirle a todo un sillón de la Real Academia de la Lengua Española, y menos si es mayúscula. Además, con remitirles a un artículo (misma noticia, distinto diario) bastará para decir que desde que Pepe Rubianes ya no está, el taco está como perdido, sin rumbo. Cualquiera es capaz de usarlo (no tienen más que leer mis textos para refrendarlo) pero son muy pocos los que verdaderamente logran darle el justo valor enfático a palabras tan bellas como cabrón, hijo de la gran puta, la hostia divina y me cago en sandiós, por poner algunos ejemplos.
Por lo demás, lo confieso: Soy inculto. Pero... ¿qué es la cultura?
¡Que conste que os avisé! Esta parte iba a ser mucho más oscura que la primera. Aunque claro, también tiene una función esencial muy clara. Al acabar el libro o salir del cine, muchos de vosotros os preguntaréis ¿qué coño ha querido decir este muchacho con toda esta sarta de tontás? Buena pregunta, por supuesto. Aunque antes de continuar, creo obligado adelantar el título del último y definitivo tomo, del nombre con el que se concluirá la saga Delirium, con el que se cerrará el círculo. Este será:
La palabra con neumonía.
¿A que sorprende? En un principio iba a llamarla La palabra en el palacio de las corrientes de aire, pero me parecía demasiado explícito, muy poco poético, y claro, como os explicaré a continuación muy poco apropiado para el colofón a una obra maestra.
Bien. Tengo que admitir que para esta última y magistral entrega sucede que debido al carácter algo más introspectivo de Los que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina pueden acaecer dos situaciones: el fracaso más estrepitoso de la obra, o bien el éxito brutal y arrollador de la misma. Y claro, pase lo que pase lo que es seguro es que yo no voy a escribir ni una letra en La palabra con neumonía. ¿Por qué? Muy sencillo. Vayamos por casos.
Caso 1: Hecatombe en ventas y/o taquilla. En este supuesto no gozaré de la confianza ni de productores ni de editores para la tercera entrega, con lo que mi idea será hacer un audio-senso-vídeo interactivo. Arte y ensayo en estado puro. El objetivo será crear un filón a veinte años vista. Fabricar un nuevo Blade Runner. En un principio será un castañazo, si bien tendré cuatro lustros para labrarme una imagen de genio incomprendido (hasta me grabaré mendigando y colgaré anónimamente las imágenes en YouTube).
Caso 2: Entrada VIP en el Olimpo de los creadores. Ahí sí que lo tengo claro. Vamos, que no lo dudaré ni un momento... ¡¡¡Contrataré a Dan Brown para que sea mi negro y escriba la historia!!!
Como veis, tengo el futuro más que asegurado. Por eso ahora me siento más feliz que una perdiz. Y por eso, para finalizar un post tan corto, y siguiendo la tradición de esta trilogía en cuanto a música se refiere, voy a despedirme hasta la próxima publicación con una actuación que no tiene que ver en nada con lo antes escrito (o sí), pero que me apetecía colgar. Con ustedes el grandísimo Otis Redding. Acompañado por otros dos grandes, como son Eric Burdon y Chris Farlowe.
Bien. Tengo que admitir que para esta última y magistral entrega sucede que debido al carácter algo más introspectivo de Los que sueñan con una cerilla y un bidón de gasolina pueden acaecer dos situaciones: el fracaso más estrepitoso de la obra, o bien el éxito brutal y arrollador de la misma. Y claro, pase lo que pase lo que es seguro es que yo no voy a escribir ni una letra en La palabra con neumonía. ¿Por qué? Muy sencillo. Vayamos por casos.
Caso 1: Hecatombe en ventas y/o taquilla. En este supuesto no gozaré de la confianza ni de productores ni de editores para la tercera entrega, con lo que mi idea será hacer un audio-senso-vídeo interactivo. Arte y ensayo en estado puro. El objetivo será crear un filón a veinte años vista. Fabricar un nuevo Blade Runner. En un principio será un castañazo, si bien tendré cuatro lustros para labrarme una imagen de genio incomprendido (hasta me grabaré mendigando y colgaré anónimamente las imágenes en YouTube).
Caso 2: Entrada VIP en el Olimpo de los creadores. Ahí sí que lo tengo claro. Vamos, que no lo dudaré ni un momento... ¡¡¡Contrataré a Dan Brown para que sea mi negro y escriba la historia!!!
Como veis, tengo el futuro más que asegurado. Por eso ahora me siento más feliz que una perdiz. Y por eso, para finalizar un post tan corto, y siguiendo la tradición de esta trilogía en cuanto a música se refiere, voy a despedirme hasta la próxima publicación con una actuación que no tiene que ver en nada con lo antes escrito (o sí), pero que me apetecía colgar. Con ustedes el grandísimo Otis Redding. Acompañado por otros dos grandes, como son Eric Burdon y Chris Farlowe.
