Hay realidades que por su amplia constatación pueden hasta ser tomadas, no sin ciertas reservas, como evidentes a los cinco sentidos del ser humano. Dependería, claro está, de la cantidad de personas que certificaran determinados hechos lo que daría al carácter de cada uno de los mismos como irrefutables. Y aquí vuelvo a plantar el gérmen de la duda.
De todos modos diré que un hecho es que soy varón. También que, debido a las proporciones por comparación entre un amplio espectro de personas a la hora de medir perímetros craneales añadiría que cabezón. No terco, aunque también. Soy obeso, esto nadie me lo puede negar y mi esfuerzo me ha costado. Soy un frustrado en el mejor juego de naipes que conozco, el mus, ya que no sé de nadie con quien pueda dejar salir todos mis artes faroleros (puntualizo, soy farolero por naturaleza, pese a que me pesa no poder aplicarlo a las cartas).
Más hechos. Soy poeta. O por lo menos así me lo creo cuando publico este y otros devaneos autopretendidamente literarios en la red de redes. Y aún hay más. Soy docente, o profesor, o enseñante si queréis. Sí. Si bien, entre tantas cosas de las que estoy admitiendo ser hay una que ni por asomo la he escrito, y que precisamente ni me considero: no soy educador.
Vayamos a mamá RAE. Podemos leer la tercera acepción de la palabra educación, y en ella nos cuenta que es la
instrucción de la acción docente. Además, en la primera nos dice que es la acción y el efecto de educar. Así que me he ido a la gran palabra,
léanla, por favor.
Patidifuso me he quedado al ver que ni aparece la palabra padre ni madre, ni familia, ni casa, ni nada que pueda ser catalogado como hogar en el verbo educar. Impresionante. Llamadme cristiano cultural (que después de mil quinientos años, por mucho que renuncie a un dios creador, mis circunstancias son las que son), pero en una de las acepciones podría haberse colado algo así como: acto inconsciente por el que el niño o la niña adquiere las bases por parte de sus progenitores para afrontar la vida (que conste que me la he inventado al vuelo, así que a los académicos se les puede ocurrir algo infinitamente mejor).
La impotencia llama a mi puerta. Resulta que directamente me puedo sentir implicado en lo que se llama educación por ser docente. Sin embargo, en todas las acepciones que puedo leer en el Súper Diccionario en el que cada día me baso para escribir este y otros cuentos no aparece de forma explícita las figuras que dejaron y germinaron
la semillita. Sí, lo reconozco, se puede entender que un padre o una madre hacen todo eso que tan bien queda explicado. Sin embargo, si no queda explicitado, propongo que tampoco figure la acción docente como educación. Y quiero explicarme.
Un niño (o niña, por favor, reaccionarios de los sexos, llamadme machista, pero no voy a estar con las dos letras, a y o. Y como no creo en la bondad del hermafroditismo en las letras, tampoco voy a poner la arroba, que, por otro lado, me gusta más como unidad de medida agraria) que pasa en el instituto alrededor de seis horas diarias, aproximadamente y si acude a todas las clases, tiene tiempo para estar con seis profesores distintos cada día (en un instituto, que es mi lugar de trabajo). Una ver finalizada su jornada escolar, el alumno deja de serlo físicamente y, desde ese momento, pasa a formar parte de ese mundo llamado calle, hasta que llega a su casa (siempre poniendo un caso general, sin llegar a familias desestructuradas y demás aristas educacionales). Queda planteada la situación.
Sólo voy a constatar una serie de impresiones personales sobre aquello que veo cada día, es decir, la enseñanza. Ni me voy a plantear el tema de la familia, ya que de momento sólo soy hijo, y es en estos momentos cuando recuerdo la frase que mi padre recuerda que le decía el suyo en aquellos tiempos de escasez:
cuando seas padre comerás huevos.
Los alumnos, incluido yo cuando lo era, no buscan un referente de buenas costumbres y buen hacer en un profesor. No quieren encontrar doctrina alguna en nosotros como docentes (aviso, la palabra doctrina también aparece entre tantas otras en los efectos de educar según el Súper Diccionario. Así que, si queréis seguir los caminos de los académicos, ahí va otra perla para
la asignatura de religión laica llamada educación para la ciudadanía: Los que estén en contra de la citada asignatura que sepan que según la RAE educar es doctrinar. Y los que estén a favor, propongo que no renuncien a esta palabra en sí). Cuando la marabunta entra en clase, busca llamar la atención, medir al profesor, hasta dónde se puede llegar con él, y cómo se puede aprobar. Es decir, un alumno está aprendiendo a medir, a medir los límites. Siempre hay excepciones, claro que sí.
Por supuesto que una persona en edad adolescente se encuentra en la tesitura de
me han soltado y debo saber con qué estoy tratando. Es lógico que quiera medir si acaba de descubrir su regla mental. Tiene que descubrir cuánto mide todo. El problema en su relación con el docente es que cada hora cambia el susodicho, por lo que el alumno lo único que puede aprender del tiempo que pasa en el instituto, aparte de las asignaturas, es aquéllo que sea común a todos los profesores, y que de momento se le tiene vedado: el esfuerzo. Vedado porque con la LOGSE entró una palabra tabú, que había que erradicarla de todo alumno: el trauma. Señoras y señores que se sientan en los sillones de pensar: ¡lo malo no es el trauma, lo malo es no superarlo! Los traumas irán sacudiendo la vida de todos y cada uno de los que cada día tengo delante mío: ¿no sería mejor hacerles responsables de sus actos, y que así superen sus traumas?
Más cosas, si leéis
el currículo oficial de Castilla-La Mancha (para los no versados, es la ley, por así decirlo, que regula qué es lo que tenemos que explicar y enseñar en clase), podréis observar que se habla de la preparación para la inserción laboral del alumno. Bien, pues aquí surge una duda: ¿un jefe es como un padre? ¿el entorno laboral debe ser una familia? No digo que en ocasiones se hagan amistades y que los jefes puedan ser correctos en sus formas y familiares en sus tratamientos, pero ¿es así por obligación? Entonces si nosotros educamos y no enseñamos, no debemos sustituir a un padre o a una madre, sino complementarlo ¿Debemos ser entonces personas que
sepamos gestionar el capital humano que año tras año pasa por los centros de enseñanza o prolongadores del atontamiento social de dicho capital? (y digo capital humano porque no olvido en qué mundo vivimos, y eso se debe enseñar, entre otras cosas
menos sensatas. Aunque esa es otra historia).
Bien, creo que tras toda esta palabrería también queda planteado que un alumno lo que necesita es, al mismo tiempo que experimentarse, que el profesor le intente dar lo más dignamente posible una asignatura. Qué bonito, ¿verdad? Sí, lo es. Y ahí entramos en un tema que de momento sólo he oído plantear entre compañeros, y no entre masas encefálicas prominentes. Por favor, espero que me corrijáis y que esté equivocado: ¿Cómo trabajamos? ¿Estamos preparados?
He estudiado una licenciatura (en químicas). He
disfrutado de diferentes entornos laborales (unos cuantos, la verdad), y en todos y cada uno de ellos he tenido la ocasión de tener un periodo de formación: la relación entre precariedad laboral y periodo de formación ha sido siempre inversamente proporcional. Así que, siguiendo esa fórmula científica debo decir que a mí no me han formado para ser profesor, por lo que os podéis imaginar de lo precario que puede resultar este trabajo.
¡Madre mía, precario! ¡Pero si es funcionario! Desgraciadamente vivimos en un país que, según escuché el otro día, estamos a la cabeza de horas trabajadas y en la cola de horas productivas (en Europa, of course). Sin embargo preferimos criticar el ejemplo que puede beneficiarnos en vez de ponernos en la situación del citado ejemplo, o mejorar nuestro maltrecho estado laboral. Es mi impresión.
Pregunto, ¿Cómo os sentiríais si tuviérais que realizar la instalación eléctrica de un piso sin saber cómo conectar el polo positivo y el negativo? Nosotros vamos a pelo desde la primera clase que damos. Los compañeros nos arropan y arropamos al nuevo, pero al final, en el aula entramos solos, y sin saber de la tiza más que cuando éramos alumnos.
¡Ah, claro! Para eso está el CAP, o el máster-del-universo-que-sólo-servirá-para-llenar-las-arcas-de-las-universidades-y-para-que-no-se-presente-tanta-gente-a-unas-oposiciones. Se me había olvidado.
Resulta que los maestros de primaria tienen carreras universitarias para serlo. Los profesores de secundaria no. No hay estudios superiores específicos para profesores. Si no nos enseñan, por citar un ejemplo de lo que se comenta estos días, a crear autoridad, ni una tarima de cinco metros ni los alumnos hablándonos con un lenguaje propio de la corte de Carlos III nos ayudará a crear esa famosa autoridad. Por favor, ¿es que nadie ha trabajado nunca? Pensemos en buenos jefes y en auténticos incompetentes. Todos ellos tienen la sarten por el mango : ¿logran tener autoridad? Y si la tienen ¿cómo la consiguen?
Volviendo a la formación del profesorado. Hay una cantidad de cursos apabullantes, se podría decir, para la formación y el reciclaje del profesorado. Creo que los famosos cursos que se hacen sirven para todo (principalmente dinero ingresado por subvenciones por las entidades que los imparten) menos para mejorar nuestra actividad docente. Así pues, propongo ahora que ha llegado el plan Bolonia crear una nueva carrera: Docencia en Secundaria. El máster de grado (o de lo que sea, que estoy muy desinformado del nuevo plan universitario, aunque no es que se nos haya informado en general a la sociedad) podría ser la especialización en la asignatura a impartir. Además, al acabar la carrera, me pongo en el papel más utópico de todos, propongo que el futuro licenciado en docencia realice prácticas en empresas privadas durante dos años (relacionadas con la asignatura a impartir, no con la docencia en sí. Si hay que insertar a los alumnos en el mundo laboral, hay que saber qué es eso). Esta propuesta hasta podría gustar entre las universidades puesto que aunque perderían dinero con la desaparición de los másters (nuevos CAP´s) ganarían muchísimo más con esta enseñanza superior.
Así que, sin tocar ni un ápice la actual ley de educación (y habría que hacerlo, o dotar de más dinero para la docencia. Ambos casos inviables), ¿Queréis mejorar la enseñanza? No nos toméis por algo que no somos.